10 de enero de 2011

La Navidad y los regalos

Salud!

Ahora que acaba la Navidad creo que es necesaria una reflexión sobre la última etapa de este periodo vacacional. Sé que soy un bicho raro al desear que acaben estos días de asueto y volver a la rutina diaria; disfrutar de las clases; de no tener tiempo para mirarme a la cara y verme en la obligación de aprovechar cada momento. Será que es necesario que trabaje bajo presión -Under Pressure que diría Queen- para poder hacer algo de provecho y no dedicarme a la procrastinación o a la mera vagancia...

Volviendo al tema de las navidades, uno de los momentos que me parecen dignos de un estudio sociológico -o incluso antropológico-  es el de los Reyes Magos. Me refiero a la compra de regalos. Dedicas varios días a deambular por tiendas y centros comerciales en busca del regalo perdido; navegas entre miles de artículos distintos; anotas preferencias, gustos y peticiones; necesidades, odios y variables. Hay que controlar una lista de productos y nombres que relacionas como si se tratase de una fórmula matemática: Colonia, x; camiseta, y; libro, z. Lo peor de todo ello no es el hecho de tener que ir a comprar, sino que, muchas veces, te arriesgas a no acertar. Después de varios días recorriendo las tiendas de moda, sorteando otros consumidores como tú, de rebuscar entre pilas de ropa, consigues reunir los artículos de la lista. Hay veces que  te retrasas y la misma noche del día 5 te ves corriendo por las calles, abriéndote paso entre una multitud de transeúntes que se pelean por un hueco en primera fila, y ves de soslayo la horterada de cabalgata. Con suerte, coges un caramelo pisoteado y te endulzas, mientras te afanas en terminar la misión magnis itineribus.

Después, el hecho de entregarse los regalos es algo que todos conocemos. Pasemos a otro punto más interesante.

Como suele ocurrir con tus regalos -los que das y los que recibes- no todos aciertan. No aciertan en talla, en color, en artículo, en título -en caso de ser un disco o un libro, por ejemplo- y te ves de nuevo arrojado a esa jungla de la que creías que te habías librado hasta las próximas Navidades. Pero no. De nuevo te ves emulando a Odiseo, navegando entre centros comerciales y tiendas y ansiando terminar. Aunque esa  no es la mayor de tus desgracias. Como todo nostoi, tu periplo no va a ser fácil. Resulta que ahora, que tienes que descambiar regalos, están las rebajas. Las rebajas son ese canto de sirena que no es que te atraiga, es que arrastra a multitud de personas -y a ti entre ellas- que aprovechan la misma excusa que tú, para hacer unas comprillas de más. "Ya que estoy aquí, pues compro algo más". Como si no hubieses consumido ya bastante. Parece que están puestas a mala idea: en el momento que hay que descambiar regalos, los comercios aprovechan para vengarse. Pensarán algo así: "Ah, que vuelves, mira que eres masoquista. ¡Toma más compras y más multitud!". Tras varios días deseando llegar a Ítaca, alcanzas tu descanso con una pregunta en la mente: "¿Qué habré hecho para merecer esto?" y te despides hasta asta el año siguiente.

No obstante, para terminar, es una de las cosas que te hacen sentirte vivo. Porque si te opones, tu vida corre peligro...

2 comentarios:

Paco dijo...

Coincido totalmente, pero siempre gusta que se acuerden de cual es el libro o la colonia que te gusta, supongo que por eso seguimos metiéndonos en este jaleo consumista.

Baluar dijo...

Yo también estoy de acuerdo contigo, Paco. Para ello, pensé en hacer listas de posibles regalos, lo cual existe ya (véase Wishlist,com, por ejemplo). Lo que pasa es que eso elimina el factor sorpresa (que en algunos casos se convierte en la variable chasco. ¿Acaso no son los regalos una diversificación de nuestros intereses y una inversión de capital externo para conseguirlos?

Nota mental: Creo que debería dejar de leer cosas de Economía

Nota mental 2: O dejar de leer directamente...