28 de enero de 2011

La ausencia de sentido común

¡Salud!

Tener sentido común es algo que a muchos nos hace falta. La capacidad de poder ver las cosas en conjunto y actuar de manera que ese conjunto no se vea alterado por nuestras acciones. En algunos lugares, eso de tener sentido común se podría confundir con aquello que se llama "tener luces", ser capaz de arrojar fuera el solipsismo y ponerse en la situación de otro. También podríamos incluir dentro de esta explicación a la empatía.

Todas estas definiciones nos hablan de la relación del yo con el entorno; de las relaciones entre el espacio privado y el público; de la repercusión de nuestros actos o la incapacidad de ver más allá de nuestros ojos e ignorar lo que nos rodea. Todas estas taras sociales pueden venirnos de propio, por la genética, o haberlas ido adquiriendo con el tiempo, gracias a situaciones tales como mantenerse mucho tiempo en una misma situación, como es el caso de los gobernantes.

Teniendo en cuenta todas estas razones podríamos entender muchas cosas que ocurren en nuestro entorno público y privado. La diferencia radica en que en el ámbito más íntimo, la repercusión de las acciones puede ser menor o, en su defecto, tener un radio de repercusión menos amplio, amén de poder reparar un error sin que trascienda a lo público. Todo esto, como no, es teórico. Sin embargo, en el ámbito público, las acciones resultado de la carencia de sentido común, de un despiste o de una mezcla de las dos, puede tener consecuencias catastróficas. Para remediarlo se cuenta, muchas veces, con la reacción del entorno, quien manifiesta si acepta o rechaza lo que hacemos. Pero hay una mezcla de perspectivas que puede ser peligrosa y es cuando creemos que el espacio público corresponde al ámbito más privado. Es en este momento cuando se pierde la perspectiva, la repercusión de nuestros actos y, cómo no, el oído para escuchar a quienes opinan sobre nuestras acciones. En esta situación, se puede confundir una opinión con un ataque personal; una crítica constructiva (con sentido común) con una crítica destructiva; la razón con la sinrazón; gigantes con molinos...

Esto es lo que está ocurriendo en la Alcazaba. Nuestra milenaria fortaleza está viendo en sus carnes cómo la pérdida de perspectiva afecta su fisonomía. Desde la Delegación de Cultura se ha llevado a cabo la restauración de dos torreones de la muralla de Jayrán. Hasta ahí no hay mayor inconveniente; al contrario, es positivo que desde la Administración se destine parte del dinero público en reconstruir parte del patrimonio de la ciudad, de un edificio emblemático, a partir del cual creció lo que hoy es la ciudad de Almería. Pero la realidad supera siempre la ficción. No es que se destine el presupuesto de la Junta a realizar una labor que no dañe el entorno, que se ajuste al material del monumento y sin que rompa la estética del mismo, tal y como indica la ley. No, eso sería pedir demasiado.

Desde la Delegación y a partir de los arquitectos que han ejecutado la reconstrucción, se ha hecho algo totalmente contrario a la Ley. Como si un viandante fuese un Ignatius Reilly cualquiera, vería que estas obras se han hecho sin pizca alguna de Teología y Geometría, atentando contra todas las leyes de la Estética. Pero no todo queda así. Siempre hay algún Ignatius que se empeña en preparar una revolución, elevar una queja a esas autoridades que funcionan más allá de toda relación con el entorno. No es posible llamar a esas dos actuaciones como una Conjura de los Necios, no. Creo que es más preciso llamarla una acción solipsista o, más aún, carente de todo contacto con la realidad.

Volviendo a la imagen de Ignatius Reilly, mutatis mutandis, como decía, siempre hay alguien que tome su lugar y se encarga de manifestarse contra semejantes tropelías y barrabasadas. Es la Asociación de Amigos de la Alcazaba. Su lucha en defensa del patrimonio no necesita mi mención para ser conocida. Sus actos cívicos, públicos, conocidos como “Banderas Negras” tampoco necesitan publicad para que se conozcan, mas Amigos de la Alcazaba sí que necesita de nuestra adhesión a sus actos para que tengan más fuerza. Es necesario que nos unamos todos los Ignatius en partencia, para formar uno solo y luchar contra todas estas acciones que se hacen a espaldas de la ciudadanía y carecen de toda lógica (estética, geométrica o teológica).

Mañana sábado nos reuniremos todos esos Ignatius que creemos que el mundo puede cambiar, que las cosas se pueden hacer bien y que, errar es humano y recapacitar de sabios. Por tanto, nos manifestaremos en la Hoya, a los pies de esas dos aberraciones contra la sensibilidad humana, pidiendo pacíficamente que se repare el daño hecho. Desde aquí hago un llamamiento a todo aquel que se sienta un poco Ignatius y quiera unirse a sus semejantes para plantear que las actuaciones que se hacen en el espacio público no son privadas, ni pueden mantenerse ocultas a los ojos del entorno.

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1 comentario:

elricoenardides dijo...

Todos somos complices de lo ocurrido en la restauración de la Alcazaba, por omisión o complicidad; ya que votamos lo que votamos. En mi opinión hay varias cosas que deberíamos cambiar para que estas cosas no ocurriesen, por un lado las instituciones deberían, como mínimo seguir en sus actuaciones las leyes que ellas mismas promulgan, por otro la ciudadanía debería ser menos conformista y exigir una acción de gobierno acorde con los intereses de la sociedad; pero para ello la sociedad debe estar formada, razón por la cual las instituciones deberían procurar que todo el mundo tenga acceso a la educación, para que puedan forjar sus propias opiniones y puedan manifestarlas con conocimiento de causa.
Sin embargo, lo primero es ser honesto con uno mismo y con los demás, la voz de Los Amigos de la Alcazaba sonó alta, pero no honesta, allí no había cientos de personas concentradas, Jairán no fue un magnífico gobernante ni la ciudad vivió su máximo esplendor en el medievo.
Lo que deberíamos hacer es ser más comprometidos con la política y sobre todo no dejar la función inspectora de las acciones gubernamentales en manos de los mediatizados medios de comunicación, actuar más y dejar pasar menos; pues no basta con votar una vez cada cuatro años, sino que si alguien considera injusta una acción del gobierno, debe autoimponerse el manifestar su disconformidad y el resto de la ciudadanía debería, cuando menos, poder escuchar la voz de los disconformes.