11 de enero de 2011

El precio de la ayuda

¡Salud!

Cuando leía que los Estados Unidos habían sido los primeros en acudir a Haití "desinteresadamente" a prestar ayuda, tras el terremoto de hace un año, no me lo terminaba de creer. Un Estado -como otro cualquiera- que se limite a ayudar por mero altruismo no me convence. Que un estado como Estados Unidos se limite a ayudar a un país de su órbita geográfica, porque sí, parece más una noticia del Día de los Inocentes. Vamos, que cualquier persona con un poco de sentid crítico -o sentido común- se daría cuenta al momento de que había gato encerrado. Uno de los principales intereses del gigante yanqui que un teórico de la conspiración -como un servidor- podría elucubrar es el de reconstruir el país tras la catástrofe. Estados Unidos envía recursos -humanos y económicos- para ayudar a una población que se ve arrojada a una situación muy complicada -como si antes no lo fuera- y quedan muy bien. Detrás, envían sus empresas para que negocien con el Gobierno haitiano o directamente el propio Gobierno americano ofrece ayudas -préstamos- a un interés muy interesante. Otro factor más para intervenir en Haití es el de quedarse allí directamente. Mientras ayudas, mientras tienes tropas en "misiones humanitarias" estás controlando el país de manera indirecta -o directamente-. Tener tropas desplegadas en las calles de Puerto Príncipe, la capital, o en los principales núcleos de población permite controlar. Si estas tropas hacen labores policiales, sólo falta controlar el Gobierno -al que ya se le ha ofrecido estar en deuda-. Estas son formas, fáciles, sencillas y directas para que un Estado se ponga al servicio de otro tras una catástrofe.

Una vez que ese Estado está apaciguado, recibe ayuda humanitaria y todo parece seguir "un desarrollo positivo hacia la recuperación", le toca el momento a la ideología. A través de la religión, como uno de los principales elementos transmisores de ideología existente, podemos convencer de lo que queramos: soportar una situación terrible, cometer cualquier tropelía, morir por ella -por la religión, claro-, incluso, aceptar/rechazar una invasión. Esto es lo que esta sucediendo ahora mismo en Haití. Leo en Público que Franklin Graham, está envuelto en una hercúlea misión evangelizadora en este país. Esta es una de las consecuencias de que una potencia ofrezca su ayuda: envía también su ideología dentro del regalo. Es algo similar a lo que ocurrió aquí tras la llegada -tarde- de las ayudas americanas: pantalones vaqueros, chicles, tabaco rubio americano y leche en polvo -además de las bases militares-. Que se preste ayuda espiritual no es algo que me parezca criticable -personalmente me da lo mismo-, pero que detrás haya un interés político es lo que no considero de recibo. Graham es un bautista sureño, hijo de otro importante predicador de la era Nixon, y cuyo interés era tener una iglesia libre de negros. Ahora da lo mismo. Lo que interesa es tener adeptos a la causa conservadora -es afín a Nixon, al Tea Party y a Sara Palin, con quien visitó este país. Además, el interés que tiene es el de sofocar los espíritus rebeldes, hartos de tanta corrupción o de que la situación no mejore en su país -sobre todo tras un suceso como este-; adormecer a las masas que se puedan tornar levantiscas. Recuerdo aquella frase de Marx sobre el opio y la religión. No podía estar más acertado. La religión sirve para eso, pues como dice el propio Graham, "En Haití hay muchos que odian a Dios, pero dios ama a Haití". Claro, que Dios ama a Haití y le envía un terremoto para que vea que no se olvida de ella. Como dice el refrán: "aprieta, pero no ahoga". En este caso muevo, pero... pero eso, mueve.

El número de convertidos asciende a 150.000, según la noticia de Público, en un solo año. Entre ellos un par de cantantes famosos para diversificar la influencia y a líderes religiosos locales. Me pregunto si aquí, en España, ante una situación similar, un "triunfito" o alguna princesa del pueblo se convirtiese a otra religión -pongamos el islamismo- cuántos seguidores tendría y si los presentadores de estos programas harían de enlace entre el converso y la población. Prefiero no pensarlo...

En estos caso siempre se me viene a la mente una frase de Proudhon. Le preguntaban acerca de su relación con Dios, cómo era su espiritualidad. Él respondía que sí que creía y pensaba en Dios, pero pensaba en él no como creyente, considerándolo creador y salvador del mundo, sino buscando su erradicación de la sociedad.

Fuente: Público.es

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