29 de mayo de 2010

Conocimiento de uno mismo...

Eran famosas las frases que existían en el templo de Apolo en Delfos. Aquella del "Nada en demasía" era una de las que marcaron con mayor profundidad el pensamiento de la política y de la literatura griega. Claros ejemplos de este pensamiento fueron Solón y Esquilo. No vamos a entrar ahora en detalle sobre estos personajes, ni tampoco vamos a centrarnos en la sophrosyne ni en su contraria la hybris. (En los enlaces veréis, queridos lectores, como las obras que tratan sobre estas temáticas es más que abundante)

Otra de las frases que se podían ver en este templo era la de conócete a ti mismo. Este es la frase que me ha conducido a escribir esta entrada. No voy a disertar sobre el autoconocimiento ni la autocontemplación, pero sí que voy a esbozar unas cuantas ideas que culminaré citando una obra de nuestro Siglo de Oro.

En la Antigüedad, los griegos, y por extensión los romanos, sabían lo importante que era el conocimiento de las facultades y de las limitaciones propias. En un mundo en que la muerte rondaba por las calles, en que podías coger una enfermedad sin relativa dificultad, el conocimiento del potencial que se tenía era algo que no había que desechar. Por tanto, el sufrimiento era una fuente inagotable de conocimiento. (algo similar es lo que ocurre en El club de la lucha) El héroe trágico es otro de los ejemplos que ilustran cómo a través del sufrimiento podemos aprender. Eso sí, en el caso de los Edipos, las Antígonas, las Hécubas o, incluso, Ayax, Creonte o Penteo, todos ellos alcanzan el conocimiento a través del sufrimiento, se conocen a sí mismos en el momento del clímax trágico, en el momento que no pueden volver atrás, cuando no hay más remedio que sufrir. Al Agamenón de Esquilo, por ejemplo, no le da tiempo a darse cuenta de que va a morir, por mucho que Casandra cante a las puertas de su palacio o a su salida de Troya, no puede evitar lo que les va a ocurrir.

Visto desde otra perspectiva se puede dar una explicación que conduce hacia una misma conclusión: El héroe trágico, y por ende cualquier héroe que se precie, está supeditado a una serie de fuerzas que operan sobre él. El sufrimiento que ocasiona despertar la ira divina, el sufrir una serie de maldiciones congénitas o, incluso, los errores que comete en otros momentos de su vida, salen cuando menos se lo espera, conducen al dolor. Lo único que le queda a nuestro protagonista es luchar a ciegas contra lo que desconoce, como Edipo, Creonte, Hécuba o Medea. Ahí es cuando el conocimiento de uno mismo comienza, cuando nos ilustra, cuando los arrastra hasta lo más trágico de su existencia, de nuestra existencia. Cuando Medea se da cuenta de que su vida no tiene más sentido en Corinto, asesina a sus hijos y se los lleva en el carro de su abuelo Helios; Hécuba, cuando ve a su nieto caer desde las altas murallas de Troya, es consciente de que su futuro no va más allá que el de ser la esclava de Odiseo hasta su muerte; Edipo, cuando conoce que es un parricida y un incestuoso, se saca los ojos (una ironía muy cruel: cuando tenía ojos no podía ver; en cambio, cuando se los saca, cuando es ciego, ya puede ver con claridad). Creonte, el gobernante autoritario por desconocimiento, una vez que se ha encontrado el cuerpo sin vida de Antígona, su hijo y su mujer se suicidan.

Algo similar ocurría en nuestro Siglo de Oro. La oposición a los dioses, como Creonte, podía ocasionarnos la desgracia y el dolor. Algo similar debió ocurrirle a Baltasar Gracián al escribir el Oráculo Manual y Arte de Prudencia (1647) (Madrid, Cátedra, 1995). No voy a hacer una contextualización extensa de este año, pero sólo hay que tener en cuenta que la década de los 40 del s. XVII fue bastante movida: Final de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), levantamiento de Cataluña (1640), la Conjura de Medina-Sidonia y Ayamonte (1641) la caída de Olivares (1643). Digamos que era un momento en que la monarquía de Felipe IV, prototipo de monarca absoluto, estaba en crisis, por lo que un movimiento en falso nos ocasionaba la ruina (como hemos visto que le ocurrió a su valido). En este momento, la "deidad" Habsburgo tenía su furia lista para ser desatada. (Un ejemplo claro de esa monarquía en crisis y sus actuaciones para controlar el poder es la obra de José Antonio Maravall, La cultura del Barroco: análisis de una estructura histórica, Barcelona, Ariel, 1986.) Por estas razones, y terminando ya de una vez, no era raro que nuestro querido Gracián escribiese este aforismo (89):

Comprehensión de sí. En el Genio, en el Ingenio; en dictámenes, en
afectos. No puede uno ser señor de sí si primero no se comprehende. Ai
espejos del rostro, no los ai del ánimo: séalo la discreta reflexión sobre sí.
Y quando se olvidare de su imagen exterior, conserve la interior para
enmendarla, para mejorarla. Conozca las fuerças de su cordura y sutileza
para el emprender; tantee la irascible para el empeñarse. Tenga medido su
fondo y pesado su caudal para todo.

2 comentarios:

Tricolor dijo...

Leyendo esto me acuerdo de lo que un gran amante de la cultura griega como fue Oscar Wilde (absténganse de bromas fáciles) pensaba sobre el sufrimiento. Esto decía en su epístola "De profundis" (1897):

"El sufrimiento es el medio por el cual existimos, porque es el único gracias al cual tenemos conciencia de existir."

El sufrimiento como forma de conocimiento y para descubrirse a uno mismo, siendo consciente así de que se está vivo. También lo ve como una forma de ennoblecer y fortalecer el alma.

Fíjate que cosas, tú...

Baluar dijo...

Claro, no me extraña nada. Como buen aficionado a la cultura griega, era conocedor de la tragedia, por lo que, mutatis mutandis, llegaría a unas conclusiones similares a las mías.

De todas formas, no es extraño saber que cuando sufrimos nos damos cuenta de que estamos vivos.

Algo similar le leía al señor Punset el otro día. Decía que había hablado con una neuroquímica o alfo así que trabajaba en la Universidad de Miskatonick. (No recuerdo el nombre de la señora ni tengo ganas de buscarlo ahora, tú) Esta señora reflexionaba sobre la generación Ni-Ni. Defendía que el no hacer nada, ni estudiar, ni trabajar, limitarse a la quietud, no les generaba ninguna expectativa ni tampoco incitaba a su cerebro a pensar. Dicho de otra forma, eran como zombies, muertos vivientes, por llamarlos de alguna manera, que vivían en la indolencia.

Podríamos decir que el dolor hace que nos movamos...